Vencida por la fragmentación, busqué “fragmentación” en Google, como buena fragmentada que soy. La primera entrada que encontré fue: “Benedicto XVI considera que Internet fragmenta la cultura”. Esto sí es grave, me dije. Yo pensando lo mismo que este Papa bochornoso. En otro artículo menos embarazoso de citar, publicado en el Times Online, Ben Macintyre dice –más o menos– que mientras la lectura de un libro es un nutritivo banquete, Internet viene a ser una surtida mesa de snacks, de donde uno picotea azarosa y escasamente en una nueva forma de “cultura anoréxica”.
Cada vez más escritores, cuando hablan de las rutinas que siguen para escribir, señalan como culpable de su dispersión a Internet. Macintyre dice que según estudios de Microsoft, alguien que se distrae por un mail recibido demora 24 minutos en volver al mismo nivel de concentración anterior. Buscar un dato en la Web suele ser un viaje sólo de ida. Un artículo te lleva a un video, que te lleva a otro artículo, que te lleva a otro video y en el ínterin uno aprovecha para revisar diez cuentas de email, Twitter, Facebook y qué sé yo, en un proceso de continua ventanización donde lo único inmutable es una mano en un mouse. No soy la única que ya no lee ningún artículo completo ni ve un video hasta el final: en esa forma inconclusa de consumir está la base del cambio cultural generado por la Web 2.0.
Nuestras mentes se están adaptando lentamente a esa alimentación desorientada y famélica a base de “canapés electrónicos” que saltan de ventana en ventana, a la idea de que la información viene en pequeñas porciones de intensidad pop, como una sucesión de inputs que aguijonean la percepción sin dejar rastros duraderos. Y pensar que hay niños diagnosticados de déficit atencional porque no pueden quedarse 45 minutos quietos en un salón de clase. Ja. A muchos adultos nos recetarían Ritalín si vieran nuestro comportamiento online.
Lo más delirante es la manera como se reproduce ese modus vivendi en la personalidad digital múltiple que uno ha desarrollado en la web. Usamos Pedazos de Yo sueltos con diferentes nicknames y passwords para adaptarnos a cada plataforma. De hecho hay sitios, como FriendFeed, que ofrecen reunir en una sola red social todos los “Yos desagregados” que tenemos boyando por ahí; lo cual, a mi juicio, sólo agregaría otro Yo a la miríada de Yos: un nuevo Yo Supuestamente Agregado. Complicado, ya sé. Perdón. Es que estoy en el Yo del Blog. Si Yo fuera el Yo de Twitter seguramente lo habría podido explicar en 140 caracteres.
Empecé a sentir que esto no podía ser normal cuando me vi a mí misma deprimida por chat, eufórica en Facebook, organizando una alegre salida por mensaje de texto, posteando una reflexión aséptica en Twitter y hablando de cocina por teléfono, todo al mismo tiempo. Me reí al darme cuenta de que estaba lloriqueándole un drama a un amigo en Messenger mientras le respondía entusiasmada a alguien por SMS: “Jajaja! Buenazo, vamos!”. Si en la vida real uno manifestara tantos estados de ánimo distintos simultáneamente lo enviarían directo al manicomio.
El cambio cultural avanza y fragmenta todo a su paso, arrasando con el mundo que dábamos por seguro, como “La Nada” de La historia sin fin. Y no es sólo un avance que parte desde uno mismo y se propaga hacia afuera, sino también al revés. Porque la fragmentación es además una implosión: yo soy consumida de la misma manera como yo consumo: en distintas ventanas, en forma de canapés. Pedacitos de Leila desagregados, servidos como snacks, en una versión anoréxica de Amistad 2.0. Y así nos vinculamos: sin leer el artículo completo ni ver el video hasta el final.
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10/11/09
Personalidad digital múltiple
28/10/09
Revisitar el recuerdo
Lo tomo con las dos manos, como una copa que se desborda. Que no se rompa, que no se altere, que no se agite, no se marchite ni se tiña de amarillo. Lo coloco con cuidado, lentamente, sobre un almohadón; lo rodeo de algodones para protegerlo y lo guardo en una cajita donde pueda verlo siempre. Intacto, a salvo del polvo, del tiempo, del olvido que lo desdibuja. Lo visito cada minuto para proyectarlo ante mis ojos y vivirlo de nuevo y asegurarme de que se conserve ahí, de que basta abrir la tapa para saborearlo y sonreír con esa cosa minúscula que es lo único que me dieron y que atesoro. Esa cosa mínima en un centímetro de piel. Un día me distraigo y lo desatiendo, miro afuera y parece que hay vida en este planeta, que puedo abandonarlo y dejarlo que me abandone. Hasta que lo revisito y todo se esfuma otra vez; y otra vez no hay nada. Sólo ese recuerdo inservible que me mira mirándolo, desde su cajita, y se ríe de mí y del esmero que pongo en que me siga lastimando.
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16/10/09
Cómo escribir literatura en 10 simples pasos
No es que uno quiera comprar una revista literaria, vaya a una librería, vea tres y elija la que no tenga a Proust en la portada. No es tan fácil. Si uno inexplicablemente sufre un deseo similar en Estados Unidos, es asaltado por una legión de revistas literarias que ocupan decenas de anaqueles en la sección “Literatura” del área “Revistas” de cualquier Librería X. Fue así como terminé sitiada por decenas de revistas literarias light que vanidosamente descarté y ahora me arrepiento de no haber comprado. Era una cohorte de ediciones de medio pelo para escritores inseguros, con artículos instructivos cuyos títulos comenzaban todos con un “How to”. Como las revistas Mecánica Popular que explican cómo armar una mesa en cinco simples pasos, así éstas enseñaban a construir un relato con sinécdoques, hipérboles, pleonasmos y metáforas. Poco texto, muchos gráficos y miles de tips para convertirse en un escritor prolífico, exitoso y feliz.
Eran maravillosas. Mecánicas populares textuales que sólo los estadounidenses y su excepcional sentido práctico son capaces de editar y comprar. Con sugerencias sobre cómo dirigirse a un editor, trucos para conseguir un protagonista verosímil y dar redondez a un personaje secundario, datos para diseñar el plan de mercadeo de una obra, guías paso-a-paso para escribir un cuento y hasta tests: “¿Qué clase de escritor eres?” A) Me levanto al amanecer, salgo a trotar, escribo dos horas, hago yoga y luego voy al trabajo. B) Me tomo una botella de vino, fumo dos cajetillas, paso la noche en vela y a las 5 am tal vez di con un párrafo. (Hice el test rápidamente: según ellos, yo sería una maldita). Abundaban los tips para vencer la tentación de huir del monitor en blanco, los recuentos de las excusas más frecuentes que hallan los escritores para no escribir y consejos para no perderse mirando por la ventana. En mi caso, sería para no perderme mirando el ejemplar de Thriller que tengo en el escritorio y que me distrae con la infatigable curiosidad de si algún día esa edición venezolana, que titula el single más famoso de Michael Jackson como “Representación emocionante”, tendrá algún valor.
Parece que el negocio está en convencer a los escritores de que sigan escribiendo. Como si escribir fuera la maldición insoslayable de unos pocos designados por un destino perverso; una penitencia que se debe pagar a latigazos y cauterizar con revistas comprensivas. Lo entiendo. Casi nada me da más placer que escribir, pero basta que llegue el catálogo de ofertas del supermercado o se me ocurra hervir dos huevos para llevar a la oficina al día siguiente para que se vaya todo al traste. Eso es postergacionismo. Distracción inexcusable. Algo muy distinto es el Bloqueo de Autor, una presuntuosa patología cuyo más celebre doliente fue Coleridge, que a casi dos siglos de su muerte parece más famoso por sus fulanos bloqueos que por su poesía.
Y en medio de la pretenciosa solemnidad de los escritores postergacionistas wannabe con Bloqueos de Autor, como yo, aparecen estas maravillosas revistas de bricolage textual que banalizan todo, tratando al escritor como a un ama de casa que compra revistas sobre arreglos florales. La única diferencia, tal vez, es que el ama de casa no tiene que ser convencida de que se ponga a hacer arreglos florales, de que deje de mirar el vacío con el ramo entre las manos y de que meta de una vez las flores en ese endemoniado florero.
Pero esas revistas tienen toda la razón. Los gringos son gente sabia. Hay que frivolizar la escritura. Por culpa de la presunción artística es que ocurre tanto postergacionismo: porque uno de golpe se mira y se da cuenta de que es un idiota promedio. Vamos, hay que tomarse el oficio como se toman el suyo los plomeros y los electricistas. “¿No le gustó el trabajo, señora? ¡Llame a otro!” Imagínense si un obrero viniera a mi casa, se quedara dos horas hipnotizado viendo la carátula del LP de Michael Jackson y argumentara ante su inoperancia que la musa no le viene. Sin pretensión no hay tortura, malditismo, sólo quedaría el placer. Porque escribir es como el sexo: uno siempre se pregunta por qué no lo hace más a menudo y sin tanto prolegómeno.
02/10/09
No morí en Nueva York
Según una encuesta de la Universidad de Pittsburgh, del total de decisiones que tomo al día, 86% son un error. Pequeños o graves errores que se suceden constantes, puntuales, irrevocables, como hits de Madonna. No es fácil vivir aquí adentro, ser la eterna víctima de mí misma. Uno de mis errores más recientes fue haber planificado, dentro de mis vacaciones, pasar sólo tres días en Nueva York. Sólo. Como si Nueva York fuera Las Vegas, donde luego de ver veinte hoteles esquizofrénicos, emborracharte y pasar la noche haciendo estupideces, te morirías del aburrimiento. Como si fuera Praga o Florencia, donde tras visitar mil museos, iglesias y cementerios ya no tendrías nada que hacer.
Además, aparte, crecí con esa creencia sin fundamento, muy New Age, de que si uno quiere algo mucho-mucho, pasa. ¡Haz que suceda! Mente positiva. Bah. Hago fuerza, frunzo el ceño, “piensa positivo”, pienso. Y nada, la magia no se da. El día en que toda esa energía positiva surta efecto y pase todo lo que quiero que pase, lo más probable es que me arrepienta del desastre universal que habré creado.
Total que mi inoperante energía positiva y yo decidimos que haría buen tiempo justo los tres escasos días que iría a Nueva York. Pero el mito de la energía positiva hay que combinarlo con decisiones correctas, ese es el truco. Así uno tiene la fantasía de que esa payasada funciona. En cambio, mi pobre energía positiva, empantanada en medio de tantas decisiones erróneas, es tan ridículamente ineficaz como una aspirina para combatir el cáncer. Esto me ocurre en la mayoría de los casos, pero ahora estoy hablando de Nueva York y de las 72 horas en que no paró de llover.
El primer día no fue un problema porque fui al teatro y a casa de una amiga, estaba resguardada. Pero el segundo era El Día Para Conocer Manhattan. Apenas salí de una estación de metro que me escupió en Times Square, me atacaron un viento frío y un agua gélida que caía con fuerza, con unos gotones que dejaban cráteres en mi cabeza. Saqué el mapa y, antes de que se empapara y se borraran los nombres de las calles, logré entender que estaba cerca de Grand Central. Wow, la estación de trenes donde hacen tantos flashmobs. Seguro tiene techo. En el camino me compré un paraguas grotescamente caro y llegué. Con solemnidad, traté de internarme en los cientos de clips filmados en ese lugar y que me daban una sensación de déjà vu. Me demoré tomando fotos olvidables hasta que fue evidente que estaba perdiendo el tiempo. Basta de Grand Central, Leila, estás en Nueva York, tienes un día, sal de aquí.
Salí. Lluvia, frío. El paraguas se dio vuelta y se convirtió en una antena para la detección de extraterrestres que habría usado feliz Ed Wood para alguna lúgubre escenografía. Lo tiré y seguí mojándome. Un hombre que vendía paseos turísticos en autobús, de esos en los que uno se puede subir y bajar cuando quiera, notó mi desamparo y me recitó los beneficios de su tour. “¿Los autobuses tienen techo?”, pregunté. “Sí, claro”, dijo. Le compré el paquete y me mandó a una parada más adelante. Cuando por fin llegó el autobús, descubrí que no había ningún techo. Como consuelo me dieron un “free poncho” impermeable para poder disfrutar de la ciudad al aire libre, bajo la lluvia, con frío, en un autobús andando y con un tipo más infeliz que yo que me mostraba, con un micrófono que amplificaba el viento, los puntos turísticos de interés.
Como se sabe, esos ponchos baratos de plástico no son muy ergonómicos ni los diseña Prada, o sea que el gorro, una vez puesto sobre la cabeza, no hay quien lo mueva. Esto da una visibilidad reducida a exactamente un ángulo recto ante los ojos. Cuando el guía me mostraba algo a un lado o sobre mí, yo movía la cabeza pero el gorro se quedaba ahí, como anteojeras de caballo, por lo que todo lo que veía arriba y a los costados era un plástico amarillo inmutable. Sólo pude apreciar lo que tenía delante, la mayoría de las veces semáforos. Saben, una vez que había conseguido armonizar el frío, la lluvia y el poncho, a fin de que ni yo, ni el morral, ni la cámara ni mi mente positiva nos mojáramos demasiado, moverme un centímetro era una decisión muy difícil que conllevaba un gran esfuerzo posterior de húmedo reacomodo. Lo hice en contadas ocasiones: cuando me anunciaron que allá arriba estaba el Empire State levanté la cabeza y lo vi entre las nubes, indistinguible del resto de los edificios. Luego me dijeron: “Ahí, la estatua de la libertad”. Cedí y me saqué el gorro de nuevo para ver una bruma en medio de la cual una mancha verde, que podía haber sido una gota de grasa en mis lentes, prometía ser la icónica escultura. “Allá el puente de Brooklyn”, “Allá Wall Street”. Todo era igual: un plástico amarillo o una sombra en la neblina. Decidí bajarme y caminar bajo la lluvia, si total ya estaba mojándome en ese autobús donde, además, recibía chorros de agua helada que lanzaban los autos desde las avenidas que pasaban por arriba.
Fui a parar a Greenwich Village, una linda zona llena de comercios que recorrí uno por uno, con la ilógica esperanza (energía positiva) de que pronto dejaría de llover. Entraba con mi poncho amarillo goteando y mojando toda la tienda a mi paso. Pero hasta los gringos que atendían los negocios y que son extraordinariamente cordiales comenzaron a mirarme con disgusto. Al final ya sólo podía meterme en sex shops, que eran los únicos sitios donde no me miraban feo. Supongo que es porque estar mojado es parte del concepto. Vi con el mayor interés y toda la demora posible los artilugios más delirantes, tenía que leer las instrucciones de la mayoría para entender su utilidad. Había unos consoladores astronómicos que me daría terror meter en mi casa, ni digamos en cualquier otra parte. El premio se lo ganó una graciosa lengua a pilas cuyo funcionamiento el chico de la tienda ofreció mostrarme tras comprobar mi detenida fascinación. Salí espantada, pero como aún llovía me metí en la tienda de al lado, que era otro sex shop. Cuando terminó la calle, toda de sex shops, aún no había dejado de llover y yo ya me sentía una geisha entrenada para la guerra.
Luego fui a comer a un restaurante italiano. El dueño flirteó un poco conmigo diciéndome que una venezolana con sangre italiana, como yo, tenía que ser “caliente en la cama” (en español en el original), comentario ordinario y bobo, pero yo venía de pasar un día bajo la lluvia, muerta de frío y refugiándome en una eterna calle de sex shops. No se puede galantear impunemente, quise decirle. Usted no toque si no va a comprar, señor. Debería estar penalizado cortejar sin concretar.
Luego de comer, halagada pero aún con frío, salí a mojarme de nuevo. Por si no se ha notado aún a lo largo de este blog, soy bastante hipocondríaca. Sé que voy a morir pronto en un accidente en un taxi uruguayo, en un avión o, si la vida me sonríe, asfixiada por una falla pulmonar. Una neumonía reciente me dejó bastante débil y aún así me estoy suicidando homeopáticamente con cigarrillos, o sea que me protejo bastante de cualquier cosa que pueda afectar mi desgraciado aparato respiratorio. Mientras pasaba tanto frío y se mojaba cada centímetro de mi erróneo ser en las calles de Nueva York, sabía que iba a morir. Sentía latir la cicatriz en mi pulmón derecho. Un amigo, con el que me encontraría esa noche, tendría que encargarse del engorro del entierro y todo eso. Lo lamenté por él, pero decidí, en un arresto de valentía inédito en mí, que no me importaba morir. Iba a conocer Manhattan ese día, carajo, a disfrutarlo y a estirar la pata al día siguiente y punto.
Pero no me enfermé. Casi lo lamento. Habría sido una muerte heroica. Ahora estoy en casa de nuevo, cometiendo un error tras otro y pensando positivo estérilmente, como antes, sin que se dé la magia.
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29/08/09
En suspenso

Este blog se fue de vacaciones, por mantenimiento de la
autora (o viceversa). Ambos prometen regresar.
22/08/09
Extraño al Puma
Muchos adoptan comportamientos inusuales impelidos por la extraña excitación que los colma al toparse con un extranjero. “Yo conozco a alguien de ahí” es el primer síntoma de esta curiosa emoción. Por ejemplo cuando el taxista me dice que conoce a un venezolano que vive a cuatro cuadras de su casa y es panadero, debo actuar como embajadora de mi tierra: “¿Ah sí? ¡Caramba, qué interesante!”. No puedo ser muy efusiva, no obstante, porque si no esta persona se empeñará en presentarnos, para luego escucharnos charlar con la complaciente sonrisa de la madre que ve a su pequeño socializando correctamente en el recreo. Por culpa de esa idea de que dos personas de la misma nacionalidad deben tener ganas locas de conocerse, he tenido que convivir cenas enteras con coterráneos nefastos con quienes no habría compartido ni la cola de la cédula.
Una segunda reacción posible (que no excluye la primera, aunque podría) de parte del ciudadano del país anfitrión es la evocación de algún conocido que vive en un país igual o parecido al de uno. Como “país parecido” entendemos cualquier nación fronteriza o, para qué ser tan exquisitos, del mismo continente. Uno ve venir el comentario con anticipación. Se anuncia cuando la persona adopta la expresión de quien escarba en la memoria: “¿Venezolana? ¡Yo conozco a un colombiano!”. Ah, bueno. Esta enfermedad se acentúa a medida que uno se aleja en el mapa: “¿Venezolana?”, dicen en Madrid. “¡Yo conozco a una argentina!”. Tomo nota y me juro que nunca le diré a un japonés que conozco a un camboyano.
Pero la tercera reacción es la verdaderamente peligrosa. Es la que adopta quien al conocer nuestra nacionalidad nos pide actuar como analistas políticos y opinólogos de la realidad socioeconómica de nuestro país. Y ahí es cuando extraño tiempos lejanos, hace poco más de 10 años, cuando de Venezuela la gente sólo conocía al Puma. En esa época, tras decir que soy caraqueña sólo me tocaba canturrear algún estribillo. “Pavo real, uuuh, pavo real, uuuh”. Y yo me quejaba. Ja.
16/08/09
Negación
Never underestimate the power of denial”.
(Ricky Fitts en American Beauty)
Lo más aterrador de la negación es no saber qué es lo que se está negando. Qué recuerdo se borró y por qué. Qué hay delante de nuestras narices que no vemos y por qué no lo vemos. El problema no es que la visibilidad sea corta, se puede vivir con eso, creo. Se puede vivir –y se vive– mirando sólo lo que se quiere o se puede ver, bajo el lente que se elija, con la deformación que convenga y las prerrogativas que a uno le satisfagan. El problema es no tener ni idea de qué es lo que ese radio de visibilidad está ocultando. Todo está aquí, cercándonos, pero sólo advertimos la bruma que nos tapa la visión. Suponemos nuestro entorno y asumimos como propios recuerdos autoimpuestos, revisitados en disuasivas fotografías. ¿Qué garantías tenemos de que lo que vemos realmente está? ¿De que no recreamos todo a partir de las formas fantasmales de la niebla, de que no implantamos situaciones y personajes imaginarios así como uno ve caras en las manchas de las baldosas del baño? No hay que subestimar el poder de la negación. Podemos estar negando todo lo que sucede alrededor y vivir en una barquita roja en medio del Mar de los Sargazos creyendo que somos dueños del barco y del océano. Pero puede venir un golpe de viento, liberar un metro más la visibilidad y develar bruscamente el monstruo, el abismo, la isla. Puede venir un golpe de viento y mostrarnos por unos segundos el horror de la negación: la negación expuesta. Plantada ante nosotros reivindicando su odiosa existencia, como si uno de esos topos subterráneos sin pelos emergiera a la superficie para burlarse de nuestra conmocionada sorpresa: “Cómo, ¿no sabías que yo estaba aquí?”
Cuando era pequeña, mis hermanos y yo jugábamos mucho con los ladrones, unos cangrejos de arena que habitan algunas playas caribeñas. También se conocen como ermitaños. No tienen caparazón propio, como las tortugas, sino que viven en conchas de caracoles muertos. A medida que crecen, se mudan velozmente a otro caracol más grande o se lo roban a otro cangrejo tras una lucha feroz. Sus cuerpos son blandos como mejillones, retorcidos y maleables para encajar en el molusco que adoptan; pero tienen patas sólidas, resecas y temibles como para pelear hasta la muerte contra cualquier amenaza a su hogar y al cuerpecito ridículo que ahí se esconde. Por eso no salen fácilmente. Una vez que hallaron su casa la defienden con todo el furor de sus pinzas y patitas puntiagudas. Nosotros les prendíamos fuego y nos reíamos como locos cuando los veíamos escapar: se deshacían de la carcasa y corrían desnudos por la arena a buscar algún otro molusco con sus frenéticas patas de cangrejo fanfarrón arrastrando una existencia lábil, gomosa, pálida, que nunca había visto el sol. Era repugnante. Yo gritaba con el grito agudo de una nena asqueada y exaltada.
Así mismo, como el cuerpo de un cangrejo ladrón expuesto por el fuego de niños crueles, es una negación súbitamente revelada.
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07/08/09
Super-objetivados y guanabís
Un dramaturgo ruso muy conocido, Constantin Stanislavski (juro que es conocido), en su libro dedicado a entrenar actores, definió lo que consideraba el “super-objetivo”: una meta única, que atraviesa el sentido de todas las acciones de una persona. La intención de Stanislavski era que los actores descubrieran el super-objetivo de sus personajes para poder representarlos.
Por ejemplo, el super-objetivo del escritor Paul Auster es desentrañar las trampas que nos hace el azar. El de, qué sé yo, Madame Curie, era descubrir para qué demonios servía el radio que había descubierto. El de Einstein, lo mismo pero con la relatividad. El de Umberto Eco, complicarle la vida a los estudiantes con interesantísimas teorías literarias que nadie entiende. El de Henry Ford, optimizar el tiempo de sus obreros para producir más y más barato. El de Marx, que no existiera gente como Ford. Y yéndonos a otro plano de la realidad, el super-objetivo del Conde de Montecristo era vengarse y el del Quijote, desfacer entuertos.
Del otro lado del mundo, los estadounidenses tienen una graciosa expresión: “wannabe”, contracción de “want to be”, es decir “querer ser”. Un wannabe (pronúnciese guanabí) es un tipo que le dedica la vida a una meta, generalmente la fama, sin alcanzarla. Por ejemplo se usa cuando, en una fiesta de pongamos Elton John, se anuncia que asistieron tantas estrellas y una multitud de wannabes: son esos eternos estudiantes de teatro y música que se mudaron a Los Angeles en pos del sueño hollywoodense.
Los wannabes son por definición perdedores, según la retórica estadounidense del winner y el loser. Su problema es que se plantean metas estáticas, como “la fama”, “el dinero”, “el poder” o “un ascenso”; mientras el objetivo de los super-objetivados se manifiesta con un verbo, o sea con una acción: desentrañar, descubrir, optimizar, merecer un ascenso. Y ahí radica la diferencia: es más probable que un super-objetivado alcance su meta a que lo haga un guanabí, porque mientras el primero actúa, el segundo sueña.
Pero a pesar de esta diferencia, la ambición de los dos es la misma. Y la clave, pienso, no está en juzgar si su meta es trabajar por la paz mundial o casarse en un altar, no importa si su objetivo es sublime o banal y, tampoco, si el ambicioso es un verdadero super-objetivado o un mero guanabí sin perspectivas. La clave está, decía, en saber usar el insólito poder que da descubrir la intención vital que atraviesa a un super-objetivado o a un guanabí. Así podemos intuir qué cosas está dispuesto a sacrificar y cuáles no, pero sobre todo cómo no molestarlo. Y cómo evitar que nos moleste. Que son la misma cosa, porque desde el momento en que vivimos en hacinamiento, las relaciones humanas son el constante, y muchas veces frustrado, esfuerzo de molestarnos mutuamente lo menos posible.
30/07/09
Miedo a volar II
La gente dice que para qué preocuparse: si te toca, te toca. También aseguran que hay muchas más posibilidades de morir en un accidente vial que en uno aéreo. Llevo tantos años escuchando esa fanfarronada que ahora le tengo más miedo a los autos que a los aviones. Dejen de intentar tranquilizarme. Volar en avión apesta. Punto.
Perdonen que me repita, pero es que no entiendo a quienes no tienen miedo a volar. No es fobia, es sentido común. Sólo comprendo que a los niños les encante: recuerdo cuando pegaba la nariz de la ventanilla y fantaseaba con rebotar sobre las mullidas nubes allá abajo, como Heidi. Estaba con mamá, ¿qué podía pasarme? Pero luego uno crece y se da cuenta de que hay momentos en que mamá es impotente. Por eso estoy convencida de que la gente que no sufre en un avión, aún cree que las madres son superpoderosas o es inconsciente.
Cuando viajo me tomo tantos calmantes que parezco un alga amarrada al asiento con un cinturón férreamente apretado. Con suerte me duermo antes del despegue y muchas veces me pierdo la comida. A la salida, en la cola de migración, es un milagro que me dejen pasar: si yo fuera policía sospecharía mucho de mis balbuceos pastosos. Mi hermano Diego objetó: “¡Pero si pasa algo en el avión tendrías que poder estar alerta!”. Qué va. Prefiero que cuando me digan que estamos cayendo en picada yo pregunte, en un destello de vigilia, si ya está lista la cena. Una vez, durante un despegue, le tomé la mano al señor de al lado (“permiso… ¿puedo?”). Por fortuna tomó mi gesto como lo que fue: la necesidad de morir en compañía, nada más, y no un avance libidinoso. No podría enamorar ni a Pepe le Pew en un avión, porque si no estoy roncando, drogada, soy la loca de la mano. No es sexy, créanme.
La foto con la que ilustro este post es un argumento imbatible para justificar el miedo a volar. Me instalaron un aire acondicionado en mi casa con esa grosera “conexión eléctrica”. Los técnicos arguyeron en su defensa que no son electricistas, cuando cualquier humano promedio (menos yo) es capaz de tirar un cable hasta la toma de corriente. Si vivimos en pueblos capaces de hacer esas mamarrachadas, ¿por qué debo suponer que será distinto en la aeronáutica? ¿Qué garantías tengo yo de que allí sí están los verdaderos cerebros de un país? Ninguna. Al contrario, aplicando la navaja de Occam -según la cual la respuesta más probable es siempre la más simple-, la informalidad que rezuma en un país como una bolsita de té en una taza de agua debería extenderse en todos los sectores; no tendría por qué ser selectiva. Además, ¿por qué siempre hay tanto misterio con el piloto? ¿Quién es, por qué no nos dejan verlo? ¿Por qué no nos dan una copia de su currículum antes de vendernos el pasaje? ¿Dónde estudió? ¿Es estable emocionalmente? ¿Tuvo una despedida de soltero la noche anterior? ¿Lo abandonó la esposa ayer? ¿Es su primer vuelo comercial? Si choca contra una bandada de gansos, ¿sería capaz de aterrizar en el Río de la Plata? ¿Practican esas cosas?
Pero lo verdaderamente aterrador, más aún que estar a la merced de controladores aéreos incapaces de hacer bien una instalación eléctrica y de pilotos cuya solvencia ignoramos, es enfrentarse a la vorágine de las cosas que quedan pendientes. Recorrer en la memoria los lugares que no se visitaron, los te quiero que no se dijeron, los libros que no se escribieron y la enorme cantidad de chocolates que inútilmente se evitaron. Por eso cada vuelo es una confrontación con el tiempo perdido, una bofetada a la desidia y, si todo sale bien, el regalo de una nueva sobrevida. Debe ser por eso que uno siempre vuelve de un viaje con la maleta llena de promesas.
Entretanto, mi aire acondicionado va a quedar así, como recordatorio de en qué manos estamos.
24/07/09
Elogio de la onicofagia
Conozco personas que se lamentan porque su gran vicio es comerse las uñas. Dicen que no sólo el gesto es horrible, sino que además el resultado es de lo más antiestético: uñas corroídas, que llegan a la raíz, con cutículas que parecen cáscaras resecas de naranja. ¿Y eso es todo?, digo yo. ¿Acaba allí la tragedia? ¡Ojalá tuviera yo un vicio tan sano como ese!
Con esta adicción, que tiene el petulante nombre de onicofagia, el único que sufre es el observador y eso si es quisquilloso. En cuanto al onicófago, la verdad podría encerrarse en su casa a engullirse los dedos si quiere, que así no molestará a nadie con tan fea visión y no sufrirá más que por el desencanto de sí mismo por su poca voluntad; lo que lo llevará a lidiar con algún problemita de autoestima por no superar una conducta que, por demás, tiene causas psicoanalizables y ninguna consecuencia. Vamos, ¿qué daño hace? Una caja de cigarrillos es más nefasta que veinte años de automutilación uñosa.
Sí, mi saña, como cualquier saña, se debe a que los envidio. Me encantaría que, ante un ataque de ansiedad, mi rostro se frunciera concentrado en el ataque enajenado contra una uña, que mi aspecto pareciera el de una ardilla frenética que roe nueces como una demente, que mis uñas tuvieran un milímetro de largo y mis cutículas llegaran hasta los nudillos, sangrantes y llenas de costras que jamás cicatricen de tanto insistir sobre ellas.
Porque aunque los comedores de uñas sean así, impresentables, tienen una ventaja: cuando están nerviosos por el trabajo, un viaje, un problema, una expectativa, una ausencia, ¿qué hacen? ¿fuman, beben, comen, consumen sustancias por las que el cuerpo luego les pasará una factura impagable? No. En lugar de eso arremeten contra sus dedos, la cabeza gacha en su afanosa tarea mientras miran hacia arriba vigilando que nadie los vea. Y cuando creen que uno no los ve, clac, suena la dentellada que se lleva un buen trozo de materia corporal. Ciertamente, no es lindo.
Pero mientras ellos se quejan por su inelegante modo de descargar la ansiedad, mis pulmones se llenan de nicotina, mi hígado de alcohol, mi sangre de colesterol, sodio y toxinas, mis músculos de grasa y, entretanto, mi depósito de neuronas va mermando estrepitosamente hasta dejarme con tres recuerdos inconexos. Que se vayan al demonio los come-uñas con su preocupación estética.












